
Hoy toca hablar de dos cosas bien distintas. Un viaje con final... bueno, con un final y una canción que podría ser la banda sonora de dicha travesía.
Todo comenzó una calurosa tarde de junio. El verano había llegado a la ciudad.
-¿Cómo podríamos aprovechar este calor y este buen tiempo?.- pregunté.
-¡Vayamonos al pueblo!.- contestaron.
Agarramos la mochila llena de ilusiones y unas bicicletas con las cámaras llenas de parches y el viaje de los Argimiros daba comienzo. Nuestros cascos en nuestras respectivas cabezas (como lo eché de menos más tarde), nuestros pies en los pedales y 15 kilómetros de larga carretera por delante. Tras una hora mas o menos llegamos al pueblo, hacía muy buen tiempo, así que montamos la parrilla, comenzamos a preparar la sangría y una vez preparado, nos sentamos alrededor de una mesa a charlar y a disfrutar de una buena conversación entre amigos.
La hora de cenar había llegado. Chorizos, alitas de pollo y costillas bien hechas a la parrilla saciaron nuestros apetitos.
Para bajar la cena fuimos a dar un paseo por el pueblo. Las estrellas nos alumbraban, y el paisaje era una maravilla. Pero esta felicidad no duraría mucho.
De vuelta en la casa del pueblo, un pequeño despiste hizo que casi pisara una de las macetas que adornaban el jardín con lo que pegué un pequeño salto para evitar el estropicio olvidando que estaba en una casa de pueblo y los techos son mas bajos. De pronto me ví en el suelo. Tenía las manos llenas de sangre, y todos estaban a mi alrededor preocupados. Me levanté y me taparon la herida con papel del culo. Tras un rato de nervios me tranquilicé y fuimos a un hospital donde fui rápidamente atendido por el magnifico servicio sanitario del que contamos. De ese viaje tengo como recuerdo, una pequeña calva a lo monje franciscano y cuatro puntos de sutura.

P.S. Paraos a pensar en vuestras madres. Nos quieren mas de lo que parece a simple vista.
Canción recomendada: Don't Worry Be Happy
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Video de la canción:
Fdo: Paulus Magister